Feliz.

Siempre estuve tras de ella. Como el cuento que dice que nuestro destino está escrito, yo ya estaba por ella antes de nacer. Lo que ocurre es que deje pasar el tiempo, mucho si lo pienso ahora… la dejé que viviera, a su manera, que fuera feliz. Lo fue. Mucho. A veces pienso que lo fue más que ahora, que la tengo en mi regazo. Y pienso que no hago lo suficiente para quererla, o que la quiero poco, o que ella se merece un hombre todavía más amoroso y detallista que yo. Puede ser.

El tiempo, ese traidor que corroe a todo lo que afecta. Ese traidor que nos hace pensar siempre que lo pasado es mejor. 

Somos unos mediocres. Me incluyo. Pensar que todo lo que nos queda por vivir es peor que lo ya vivido sólo nos condena a muerte. Es despreciar lo venidero, que es mucho y muy bueno.

Por eso la dejé vivir, dejé que se le pasaran casi cuarenta ańos de un plumazo para encontrarla. Dejé que fuera feliz. Dejé…. fui egoísta. Porque después me propuse  moldearla para mí. Que esperará sólo por mi. Que viviera para mí.

-Eres la persona más honesta que he conocido, con diferencia- me dice mientras me mira, sentada en el sofá del salón. Palabras que me hacen estremecer.

Porque me valoras. Porque me quieres. Por eso te quiero yo a ti. Porque no hay mayor amor que el que permite que su pareja sea feliz, con o sin ella.

Te quiero. Siempre. Te quise. Ayer.

Todo tuyo.

Miedo

El miedo existe. Como existe el sol, como existe la vida. Todos lo tenemos. Dicen que no existe valentía sin miedo. Y todos tenemos el nuestro.

Les hablo del mío? Miedo. Sólo es eso. Simple  y llano miedo.

Escucho música distorsionada mientras le doy el último trago a la cerveza. Los amigos están cerca. Vienen, me hablan. Pero yo no entiendo nada. Sólo escucho la distorsión. 

Y viene mi miedo, y ahora se pasea ante mí como burlándose, como sombra negra que me atrapa y no me deja ni siquiera ser libre.

Ahora siento un suave escalofrío, casi placentero. Fugaz. Me recorre la espina dorsal hasta que acaba en mis pies cansados.

-De qué tienes miedo?  Tú cara me lo dice… vives con miedo. No me gustas-. Eso dijo. Y se marchó. El único pecado que cometí fue enamorarme.

-Miedo a morir? No. Por qué habré de tenerlo-. 

Pero sí, hay otro miedo. Miedo a mí mismo, miedo a que todos los de esta oscura sala pintada de música distorsionada me miren y hablen de mí. Es eso. Pero es sólo uno de ellos…

Hay otros, más livianos, más y mejor llevaderos. Incluso algunos- los hay- que me invitan a luchar en el día a día con más fuerza.

Pero el miedo a perder, miedo a perderme, miedo a perder todo lo que tengo… éste pesa. Y es muy tozudo.

Salgo de la sala y creo ver La Luz. Al fondo, una pareja de enamorados se abrazan y besan. Se quieren. Sólo eso. Yo, que soy así, tengo miedo a quedarme sólo, y volver a estar encerrado en aquella sala de distorsión.

Pero sigo. Y camino, y salgo a La Luz. La oscura sombra me pide que vuelva a entrar, que aquí hay distorsión, que aquí  hay destrucción… le digo que no, que tengo cosas que volver. Que me disculpe. Que vuelvo en un momento.

Opto por no volver nunca más. 

-Pero para eso hay que estar muy seguro- me dice riéndose- sabes que algún día volverás-. Le digo que no, que nunca más. Que si de algo estoy seguro, es que a lo único que no le tengo miedo en esta vida es a vivir. 

La sala está siempre ahí. Mofándose, como la sombra. Mi miedo está ahí. Y a veces vuelve. Es imposible eliminarlo. 

-Entonces, qué piensas hacer con él?. 

Al fin, pienso que lo mejor es mimarlo y querelo. Convivir con él, saber de qué pie cojea, porque él siempre sabe de qué pie cojeas tú…

Realidad (II)

Como todo hijo de vecino, se cagaba en los muertos de sus jefes cada vez que se tenía que levantar a las seis para ir a trabajar. Y no era un holgazán, no. Todo lo contrario. Pero la nebulosa que caía sobre su cabeza durante la hora siguiente al momento de levantarse era demasiado espesa como para pensar que ese fuera a ser “un gran día”, como rezaba la canción.

Sus queridas mujer e hija parecían angelitos durmiendo, pensaba, mientras les daba el beso de despedida. 

Él había salido a su padre. Al difunto, al que tanto echaba de menos, al cascarrabias y al crítico hasta consigo mismo… qué bueno es eso, pensó, mientras arrancaba el coche. Ser crítico con uno mismo. 

Siempre se arrepentía tanto de no poderle haber dicho que le quería en vida!!! Y no le consolaba el estúpido pensamiento de que “seguro que ya lo sabia” que tanta estúpida gente le había soltado sin pensar. Con esas, a él. Ahora no le valía.

Ahora había que abrir la puerta del trabajo y enfrentarse al día a día. Querer a su mujer. Tocaba querer más si cabía a su hija educarla, y quererla más y abrazarla y olerla. E intentar ayudarla a levantarse cada vez que se cayera. Y no había absolutamente nadie al lado para librar tal batalla. La batalla de un hombre. La batalla de la vida.

Seis cafés después y una devastadora jornada hacen que lleguen las dos, hora de salida. Y el ahora, que nunca llega… el “hay que disfrutar el momento”, que no me sale. Por mucho que lo intente. 

Él sólo se tenía barco a la deriva, buscando tierra seca y firme. Y desde que su padre marchó, no encontraba el consuelo. O fue antes? Inevitablemente. Mucho antes estaba él a la deriva. Pero, desde cuándo? 

-Tú crees que fue desde que enfermaste?- le pregunta el doctor- porque a mí me da que no-. 

-No. Irremediablemente, no. Desde que nací- respondió él- no piensa usted?.

– Bingo!!,  nos vemos mańana- se despidió el doctor.

La consulta pasa y se hace de noche. La ciudad estriba de un lado ténue. Del otro sosegada. Y llega a casa. Allí está su tesoro. Lo que más quería. Su familia, siempre arropándolo y de brazos abiertos.

-Estamos cansadas, nos vamos a la cama. Hasta mańana, amor-. Su mujer e hija le dan sendos besos en las mejillas. Él se queda a ver un libro. Uno que le dejó su padre antes de morir.” Ver” porque no había doblado ni siquiera la portada para abrirlo. No tenía cojones. 

Antes de conciliar el sueńo, el “gran día” ya había pasado sin ni siquiera haberse dado  cuenta. Cerró los ojos y la almohada le dijo que sin falta, al día siguiente, abriese el libro.

 Porque a lo mejor estaba allí la ruta para alcanzar tierra…

Realidad (I)

-Se puede decir que a veces confundes la realidad… te pasa eso? -le preguntaba el médico con la cabeza cansada y posada sobre su mano derecha. Éste era de los que ponía cara de interesado cada vez que él hablaba.

-Qué realidad?- le preguntó él- la suya, la mía o la de esa preciosa planta que tiene usted en esa maceta?-

-Es un Ficus-rió-. Bueno, yo creo que sólo hay una realidad. La que sientes, lo que tocas, lo que saboreas, lo que ves -le dice el doctor.

– Yo siento más de cuatro o cinco cosas a la vez, cada segundo y a cada instante- le replicó.

-Qué tal duermes? Te apetece contarme algún sueńo?- él médico seguía intentando sondearle.

-Yo no sueńo… ni de pequeńo lo hice. Para que quede bonito, voy a decir que soy de los que sueńa despierto. Persigo mis sueńos. Queda bien así?- le respondió jocoso.

Era su sexto especialista. Y sabía de sobra que si empezaba a jugar a la defensiva ante él, nunca iba a llegar a curarse. Y más: tiraría todo su dinero a la basura. 

Llegar a curarse. Nunca llegaría a hacerlo. Lo pensaba mientras salía de la primera consulta con este “medicucho”. Había jubilado a los otros cinco anteriores. -Es posible que los hubiera vuelto más locos de lo que él estaba-bromeaba para sí mismo…

Mientras volvía a casa llovía demasiado y pensó que el al día siguiente iba a seguir lloviendo, iba a estar igual de triste e iba a tener que seguir yendo a su trabajo de mierda. No veía el final del túnel. Y el ya tenía una edad como para andarse con chorradas. La vida no perdona.

Después de cenar, dio ambos besos a su mujer e hija y se acostó más temprano que de costumbre.

– Qué tal con el nuevo medico?- le preguntó su querida mujer.

-Bastante bien. Pero me ha hecho muchas preguntas y estoy cansado. Hasta mańana, cielo.

Mientras iba al bańo, recordó todo lo que le había preguntado. Tragó la medicación con un sorbo de agua. La misma medicación que no le permitía sońar ni una sóla noche. 

Pero parecía que había dejado de llover.

Posó la parte derecha de su rostro sobre la almohada y sintió sumamente relajado en pocos minutos… Después de sentir como si levitara por encima de la cama, durmió plácidamente. 9 horas. Sonó el despertador.

Mientras se puso el café, sintió que había descansado. Miró por la ventana. Efectivamente, seguía lloviendo y todo apuntaba que iba a ser otros de esos días de mierda. 

El primer sorbo de café sin embargo le recordó una cosa: ésa noche había sońado. 

-Te atreves a contarme tu sueńo? Te acuerdas de él?-.

-Si, sin ningún esfuerzo. Caminaba solo. Por la calle. Alguien me daba la mano y me llevaba volando. Flotábamos en el espacio. Durante mucho tiempo. Luego bajábamos muy, muy despacio y al tocar tierra, esa persona- parecía ser mi mujer- desaparecía. Me dejaba solo. Dejándome una sensación de placidez. Después me despertaba.

Y recuerdo una cosa. Era feliz. Y en mi sueńo no llovía…

Éxito 

Quizá escribo esto porque no tengo éxito. Si lo tuviera, no lo haría. Disfrutaría de él. Porque a mis casi 40 no soy hombre de éxito. No tengo un gran trabajo, no trabajo en una multinacional con un montón de bomboncitos que hacen de mis secretarias. No tomo cocktails de marca ni me meto coca colombiana. Ni siquiera cotizo en el IBEX, ni el DOW. Nadie me desea, nadie se acerca a mí. Qué suerte…

Nadie buscaría haber tenido una vida como la mía… o sí. 

A veces envidio.. sí, voy a ser sincero. Envidio a la gente ya de mi edad que se mueven en círculos poderosos, cuando menos, famosos. Un gran cocinero, un buen economista, un artista escritor de muchos libros de mierda…

Yo no acabé la carrera. Un golpe sobrevino. Y no me arrepiento del golpe –si en mis manos estuviera hacerlo-. Nunca lo haré. Porque éste me ha ayudado a ver las cosas sin filtros. Porque me ha enseńado que el éxito de cada uno se basa en estar en paz con uno mismo. Porque la verdadera entereza y valentía de un hombre se demuestra en los momentos más difíciles. En salir del llanto cuando te llega, en atender a tu familia, en salir de cada bache. Y en levantarte cada vez que te caes.

Y ahora lo pienso, y digo: Sí. Tengo éxito. Inconmensurable. Éxito por tener una familia y unos amigos a los que les debo todo. Por todos a los que me debo. Por los que mataría. Por Gabriela. Por Rosa. Por todos los que sabéis que mi existencia está valiendo la pena.

No os engańeis… escribid libros de mierda, investigad sobre el cancer, haced robots y trabajad en Silicon Valley. Yo os seguiré envidiando. Y me pondría en vuestro pellejo mańana mismo. Pero no olvidéis que todos acabamos en el mismo sitio. Y allí, quizá nos veamos.

Buena suerte. Sortudos.

San Valentín 

Nunca supe por dónde tuve que ir… yo creo que nadie lo sabe. No tenemos manual que explique si hay que ir despacio, andando o corriendo. La vida es tan dúctil que tan pronto te lleva por los derroteros más insospechados, como te sumerge en la más ruin, tensa y cruel de las rutinas. Una rutina que agota. Un trabajo que te va matando poco a poco. Cansancio.

Yo acepté consciente o inconscientemente dejarme llevar. Y dar esa primera calada al cigarrillo.

Ahora, Rosa y yo no celebramos nunca San Valentín. Yo, con 19, sí que lo hacía. Y estaba esperando juntar el mayor dinero posible para poder regalar el regalo más caro posible a la novia que tocara en aquel momento. Y así ańos. San Valentines tras San Valentines. Regalos, a cual más pasional, a cual más caro. Consciente -ahora sí- de que si regalabas cada vez un poco más caro, tu pareja te daría cada ve más carińo y estaría cada vez más unida a ti. De pensar que si el regalo era caro, serias correspondido con más amor y resultar así el gran beneficiado. Qué gran equivocación!! 

Y pensé que todo fue el cigarro lo que me hizo pensar así. El cigarro te hace pensar sólo en ti mismo, en tu placer, en tu bienestar, y te ciega para mirar alrededor y a tus semejantes. Y yo sabía de sobra que no iba a ser un simple cigarrillo… serían muchos más después, y otras muchas cosas más después…

Muchos cigarrros después piensas de otra manera. Y  curiosamente, aciertas. La rutina de tantos San Valentines juntos se juntan con miles de cigarros juntos, que te nublan la vista y que no te dejan ver la realidad tal y como es.

Ahora, Rosa y yo intentamos celebrar nuestro amor cada día, junto a nuestra preciosa hija. Hay días que no puedes hacerlo. La rutina sanvalentiniana te ofusca, o la ofusca y no apetece una mierda hacerlo. Decimos que no pasa nada, que ya pasará. Pero una simple cańa con los amigos, una excursión al mar o una sencilla cena, compensan todos esos días de rutina estúpida que nos resulta San Valentin.

Todos los ańos habrá uno. Inevitable. San Valentín. Y todos los días puede ser San  Valentín si intentas, eso sí, que el humo de los cigarrros te dejen ver más allá de tus narices. Si intentas, eso sí, pensar que la persona que tienes  al lado es la que más te ha amado y te ama. Fumes los cigarros que te fumes…
Feliz San Valentín.